Lo que de verdad importa

el

Eran tiempos llenos de incertidumbre, calles vacías, ecos hirientes y sonrisas invisibles, cubiertas bajo esa tela hecha a mano empapada en cariño y esperanza, que pretendía evitar un contagio que se vaticinaba inevitable.

El miedo se apoderaba de ella, las manos le temblaban, el sudor iba impregnando cada rincón que quedaba seco en su cuerpo y los latidos eran tan rápidos que se atropellaban unos con otros. No era la primera vez, ni la segunda. De hecho, no creo que llevara la cuenta. Sin embargo, ahí estaba ella, como una recién licenciada en su primer día de trabajo. Isabel estaba al borde de dejarlo todo, pero no se podía permitir dejar de pagar el alquiler ni el tratamiento que mantenía con vida a su abuela María, diagnosticada con cáncer de páncreas en estadio 3.

Isabel era sometida a mucha presión durante su jornada laboral en la fábrica de automoción en la que trabajaba. Sufría ciática constante, dolores de cabeza y humillaciones día sí día también por parte del sexo opuesto. Tenía unos objetivos que no entendían de días malos, miedos, inseguridades ni por supuesto de planes. No recordaba cuando fue la última vez que disfrutó de una buena película en el cine. Su jefe no le valoraba y le chantajeaba constantemente con dejarla en la calle si su rendimiento caía.

Su día se basaba en recoger la maquinaría, buscar piezas, clasificarlas, meterlas en cajas, trasladarlas en palés y colocarlas en su stand correspondiente.

Al llegar a casa, su abuela María le estaba esperando con la mesa puesta y un pastel de carne. La octogenaria no era como las típicas abuelas que meten presión a sus nietas con que se les va a pasar el arroz y necesitan a un hombre para ser felices.

Isabel tenía las ideas claras, crecía como persona cada día, aprendía cosas nuevas y disfrutaba de los pequeños momentos. No necesitaba a nadie para ser feliz ni sentirse completa, pero no le cerraba la puerta al amor si algún día se cruzaba en su camino. Sus principios y valores eran tan claros como el agua que baña los mares.

  • ¿Qué tal tu día cariño? -preguntó la anciana.
  • Genial abuela, hoy he escrito un artículo sobre casas rurales en Asturias. Prometo llevarte este verano -respondió su nieta con una gran sonrisa.
  • Mi niña, eres la mejor periodista del mundo –dijo orgullosa María.

Tras un poco de charla, Isabel acostó a su abuela y se marchó a su cuarto a escuchar música, mientras intentaba imaginar cómo sería el mundo sin este virus que contamina el planeta y para el que parece no haber cura.

Al día siguiente, de camino al trabajo, tomó asiento al final del autobús y mientras leía a Paulo Coelho, comenzó a escuchar cómo unos chicos hablaban entre sí mientras le miraban y le dedicaban una serie de obscenidades.

Isabel estaba harta de ese tipo de hombres sin ética ni respeto hacia las mujeres.

Trató de continuar con la historia que le embaucaba entre sus manos, cuando de pronto escuchó una voz ahogada que pedía auxilio. Isabel retiró la mirada del libro y la posó en el pasillo donde uno de los chicos yacía en el suelo mientras su amigo parecía no saber qué hacer. Isabel se levantó rápidamente sin dudar.

El chico parecía haber perdido la consciencia, cuando de repente comenzó a convulsionar.

Todos en el autobús se quedaron boquiabiertos sin saber qué hacer. Isabel sabía lo justo para proceder en estos casos, lo que había aprendido en las horas muertas en su casa, mientras alternaba ‘Youtube’ con alguna serie de televisión.

¿Cuál es su nombre? -tartamudeó Isabel.

Ibai, Ibai, se llama Ibai Malauva, gritó el amigo.

¿Ibai me escuchas? Preguntó Isabel mientras a su vez le pellizcaba para ver su nivel de consciencia. Al ver que la reacción no era positiva, Isabel colocó el cuerpo del joven boca arriba. Se acercó a su rostro y vio que no respiraba. Tomó aire y comenzó con las maniobras correspondientes a la RCP.

El tiempo parecía haberse parado, Isabel sudaba, pero no desistía. Estaba totalmente concentrada en mantener el ritmo. De repente, sintió un poco de aire junto a su oído.

El autobús se detuvo y varios miembros del personal sanitario subieron al vehículo a atender al joven, que parecía empezar a respirar cada vez mejor.

Isabel casi sin aliento, cogió su mochila y puso rumbo a su trabajo. Un hombre se acercó y le dijo: ¿Eres consciente de que puede que le hayas salvado la vida a un extraño?

Con una media sonrisa fruto del shock y tras un ‘tengo que marcharme’ la joven corrió calle abajo hasta coger otro autobús que le llevara al polígono donde estaba ubicada la fábrica de automoción.

Al llegar a su taquilla, tenía una nota que decía: ‘Pásate por recursos humanos y recoge tu finiquito’.

Isabel respiró profundamente, salió por la puerta, lloró de emoción y comenzó a dar brincos al son de sus silbidos. Se sentía tan liberada y tan viva que no cabía en sí misma.

Al llegar a casa, su abuela se sobresaltó:

  • ¿Isa eres tú?, ¿Qué haces tan pronto en casa? -preguntó.
  • No te lo vas a creer, no era consciente de que hoy hago 5 años en mi empresa y me han regalado un bono de dos noches en una casa rural en Gijón, así que haz las maletas que nos vamos – dijo Isabel.

La cara estupefacta de María era imposible de describir. La ilusión y el brillo de los ojos era tal que hicieron a Isabel echarse a llorar para acabar fundiéndose en un abrazo con su abuela, algo que jamás iba a olvidar.

Sin demora, pusieron rumbo a Gijón. En una de las paradas, aprovechando que su abuela iba al baño, Isabel abrió su móvil y escribió en Google ‘casas rurales en Gijón’. Tras un raudo vistazo introdujo su número de tarjeta, compró dos noches de hotel y puso la dirección en el GPS del coche.

Cuatro horas después allí estaban, pasando por la Iglesia de San Pedro, contemplando los verdes prados e inhalando ese aroma a libertad, relajación y descanso.

Tras dejar sus pertenencias, ambas estaban hambrientas y fueron a uno de los bares cercanos a tomarse el famoso cachopo asturiano y unas patatas al cabrales.

  • Mañana te voy a llevar a un sitio que te va a encantar -dijo Isabel.

María sonrió y dijo: ¿Qué he hecho yo para me cuides así? Eres la suerte de mi vida.

Hablaron largo y tendido hasta que el sueño hizo mella y decidieron volver a la habitación.

Al día siguiente Isabel llevó a su abuela al Santuario de Covadonga, donde sabía que le encantaría pasar la mañana. La joven dio espacio a su abuela, quién se dirigió a la fuente de los siete caños para recordar a su difunto marido. Tras un largo período de tiempo, caminó hacia la capilla de la virgen, y comenzó lo que parecía un encuentro entre amigas.

Después de un fin de semana de ensueño, entraron en Madrid donde noche parecía envolverlas en esa neblina que apenas dejaba algún resquicio de luz.

Al subir a casa, María empezó a sentir un dolor fuerte en el pecho que le presionaba, dejándole apenas una última bocanada de oxígeno:

‘Cariño, no dejes que nadie te diga lo que tienes que hacer, dónde están tus límites ni cómo alcanzar la felicidad y con quién. Nadie mejor que tú te conoce y te respeta. Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante’ -fueron sus últimas palabras.

María descansó en paz, agradeciendo a Dios esa prórroga que había podido compartir con su nieta y ese último encuentro con la virgen de Covadonga, donde le pidió llenar de luz la vida de su nieta cuando ella no estuviera. Aunque fingiera no darse cuenta, era consciente de los problemas a los que se enfrentaba su nieta diariamente y por ello cada día iba al buzón de correos a dejar una carta dirigida a distintos medios de comunicación.

Unas semanas después del fallecimiento de su abuela, Isabel tenía nuevo trabajo, ya que un medio literario muy prestigioso decidió contar con ella. Allí publicaba diariamente sus relatos cortos y compartía con otros autores experiencias, opiniones y material de interés. Se sentía más llena y valorada que nunca. Una noche llegó hasta un relato cuyo titulo le llamó la atención ‘el fin del virus’, lo que suscitó su interés y que terminaba así: ‘Tuve que verme al borde de la muerte para abrir mi mente y entender el daño que hacemos los portadores de este virus, el dolor al que sometemos diariamente a las mujeres a través de palabras y hechos hirientes. Una chica me ayudó a deshacerme de lo que un día fui y de lo que hoy me avergüenzo. Haré todo lo que esté en mi mano para acabar con este virus llamado machismo, que nunca tuve que propagar y que nunca tuvo que existir.

Hoy apuesto por la igualdad y la transformación social para acabar con la brecha de género, y eso a día de hoy, queridos amigos y amigas es lo que de verdad importa; Firmado, Ibai Malauva’.

Isabel, con lágrimas en los ojos, cogió su mascarilla y se deshizo de ella, esperando no tener que utilizarla nunca más.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Cuatroabrazosyuncafé dice:

    Simplemente genial… Enhorabuena!

    Creo que te encuentras entre mis escritores favoritos.

    Nunca dejes de crear.

    LaCueva

    Le gusta a 1 persona

  2. Cuatroabrazosyuncafé dice:

    Simplemente genial… Enhorabuena!

    Creo que te encuentras entre mis escritores favoritos.

    Nunca dejes de crear.

    LaCueva

    Le gusta a 1 persona

    1. camineroo88 dice:

      Y tú eres mi persona favorita ❤️

      Me gusta

  3. saricarmen dice:

    ¡Me encantó el relato! Con un gran contenido y enseñanza.
    ¡Saludos!

    Le gusta a 1 persona

    1. camineroo88 dice:

      Me alegro de que te gustara, un abrazo

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s